ROSA LA SANTONA DEL DINERO
Rosa bendice el dinero, lo hace fluir hacia mí. Rosa es una santona del bien material que camina descalza sobre charcas de ranas. Hizo dinero en la bolsa y ahora pone su dinero a circular. Rosa me enseña que por cada dólar que gane, cada euro, cada peseta fuera de circulación hay otro euro, otra peseta, otro dólar esperando en la reserva kármika de mi alma. Es la vida, cada uno obtiene lo que desea. Sólo tienes que poner a funcionar tu pensamiento visualizando lo que eres. Yo empecé a visualizar que era un genio escribiendo y miles de ideas llegaban a mi mente para que yo las escribiera. Rosa quería que yo no me sintiera como un desgraciado pensando que no valía nada. Porque cuando te sientes como un desgraciado pensando que no vales nada es cuando realmente no vales nada. Si piensas que eres el tonto de la familia serás el tonto de la familia. Rosa sabía que mi problema principal era un problema de autoestima, siempre me había sentido feo y despreciado y sentirme feo y despreciado hacía que fuera feo y despreciado. “Siente que eres un poeta y serás un poeta” ahí estaba la clave de todo, en la frase que Rosa me decía. Era bueno tener una novia que le elevara a uno la moral, aunque fuera una santona del dinero que caminaba descalza entre las charcas. Eran bellos sus ojos pálidos-azules y las comisuras de su boca hacia abajo en un rictus de tristeza del que piensa pesimista porque conoce la realidad. Recordé la frase de Ortega “Somos nuestros pensamientos” y me hizo recapacitar sobre lo que hacía en este mundo, sobre quién era yo…¿Quería seguir siendo un poeta maldito como a mis veinte años o esa etapa había pasado ya? Me resistía a madurar, madurar era lo que tenía que hacer. Madurar era lo necesario. Rosa me decía que tenía que atraer dinero hacia mí, eso era lo importante. Había puesto mi mirada hacia el exterior y no hacia el interior, había pasado la vida contemplando a las chicas de la calle y eso no era bueno para alguien que tenía que estar siempre mirando a su interior. Era necesario mirar dentro de uno y saber qué es lo que tiene de malo y qué es lo que tiene de bueno. Necesitaba autoestima, inspiración y fuerza. Rosa me daba todo eso y además me acercaba a las fuentes de las que manaba el dinero. Era un hombre afortunado.
Con Rosa iba al hipódromo, al casino, al bingo, a cualquier lugar donde se moviera el dinero. Pero también nos gustaba quedarnos en casa escuchando música romantica y retozando como dos cochinillos, era una vida feliz y despreocupada en la que yo recuperé mi autoestima y empecé a entender quién era yo y por qué era como era.
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lunes, 22 de septiembre de 2008
sábado, 20 de septiembre de 2008
LA MUJER DEL BILLAR AUTOMÁTICO.
LA MUJER DEL BILLAR AUTOMÁTICO
Recelaba de mí mismo, era una antigua pesadilla. Me desprendí de mi caparazón de plástico que tanto me pesaba, ese que sentía que no me dejaba pensar. Controlaba las calles, sus pasadizos y misterios. Cada cuarto de hora fumaba un cigarrillo, la nicotina estaba en mi mente y hacía que pensara más rápido. Me deslicé como un insecto por una galería hasta el bar más cercano, en la máquina de billar automático había una pasión rubia y yo siempre había preferido a las morenas. Ya me disponía a ignorarla cuando me preguntó si quería echar una partida al billar automático. Echamos una moneda y la máquina se puso a jugar sin nosotros mientras nosotros pensábamos las jugadas. Ella era una belleza ruda e indescriptible, me dijo que se llamaba Gracia. A las dos horas estábamos bailando agarrados, yo la agarraba a ella de la cintura y la frotaba contra mi cuerpo. La máquina ya pensaba las jugadas por nosotros y jugaba sola. Deslicé mi mano hacia su rodilla y la sentí tibia y dura, era toda una experiencia. Me gustaba rozarme contra su cuerpo. Había una extraña perfección en todo lo que hacía. Miré en sus ojos el reflejo de un colibrí y ella abrió una mano donde tenía una mariposa. Dije algo sobre una herida de mi cuerpo que ya no me dolía y que era mentira, no resultó. Salimos a la calle y estaba lloviendo en la India pero como no estábamos en la India no nos mojamos. Era un encuentro perfecto y yo sentía que el Dios del cosmos me daría todo lo disponible para sobrevivir y que nunca tendría que preocuparme por nada. Vivía con una total despreocupación porque era algo que había aprendido de mis antepasados que nunca vivieron angustiados. Ella me besó la mejilla y parecía simplemente dispuesta a que la diera otro beso más. Levanté mi mano y la posé en su cabeza, sentí el calor de su pelo al instante. Había conocido lo que era el amor muchas veces pero por esa mujer yo sentía cosas nuevas.
Me ofrecía a llevarla a casa a escuchar canciones románticas
Recelaba de mí mismo, era una antigua pesadilla. Me desprendí de mi caparazón de plástico que tanto me pesaba, ese que sentía que no me dejaba pensar. Controlaba las calles, sus pasadizos y misterios. Cada cuarto de hora fumaba un cigarrillo, la nicotina estaba en mi mente y hacía que pensara más rápido. Me deslicé como un insecto por una galería hasta el bar más cercano, en la máquina de billar automático había una pasión rubia y yo siempre había preferido a las morenas. Ya me disponía a ignorarla cuando me preguntó si quería echar una partida al billar automático. Echamos una moneda y la máquina se puso a jugar sin nosotros mientras nosotros pensábamos las jugadas. Ella era una belleza ruda e indescriptible, me dijo que se llamaba Gracia. A las dos horas estábamos bailando agarrados, yo la agarraba a ella de la cintura y la frotaba contra mi cuerpo. La máquina ya pensaba las jugadas por nosotros y jugaba sola. Deslicé mi mano hacia su rodilla y la sentí tibia y dura, era toda una experiencia. Me gustaba rozarme contra su cuerpo. Había una extraña perfección en todo lo que hacía. Miré en sus ojos el reflejo de un colibrí y ella abrió una mano donde tenía una mariposa. Dije algo sobre una herida de mi cuerpo que ya no me dolía y que era mentira, no resultó. Salimos a la calle y estaba lloviendo en la India pero como no estábamos en la India no nos mojamos. Era un encuentro perfecto y yo sentía que el Dios del cosmos me daría todo lo disponible para sobrevivir y que nunca tendría que preocuparme por nada. Vivía con una total despreocupación porque era algo que había aprendido de mis antepasados que nunca vivieron angustiados. Ella me besó la mejilla y parecía simplemente dispuesta a que la diera otro beso más. Levanté mi mano y la posé en su cabeza, sentí el calor de su pelo al instante. Había conocido lo que era el amor muchas veces pero por esa mujer yo sentía cosas nuevas.
Me ofrecía a llevarla a casa a escuchar canciones románticas
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